71
julio
2007

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UN DEBATE QUE MUESTRA Y OCULTA


      Los resultados de la encuesta CASEN muestran la disminución de la pobreza desde 18,7% en el 2003 a 13,7% en 2006; la reducción de la indigencia de 4,7% a 3,2%, y una leve caída del coeficiente Gini que mide la desigualdad en los ingresos. La noticia ha dado lugar a un amplio debate con opiniones que parten de diversas concepciones y posiciones.
      La primera reacción de la mayoría fue reconocer la importancia de las cifras. No obstante ambos extremos del espectro político han coincidido en el intento de crear un clima de sospecha, insinuando la manipulación de la información y errores en la metodología, la misma que ha permitido la comparación a través del tiempo. Esto no impide reconocer la necesidad de ajustar la canasta de consumo familiar como referencia del ingreso necesario para salir de la pobreza, en el sentido propuesto por la Fundación de la Superación de la Pobreza.
      Los centros de estudios son más cuidadosos en sus afirmaciones. Para unos, los resultados son producto del crecimiento económico, afirmando las ventajas de la economía de mercado. Otros sostienen la simultaneidad de los efectos del crecimiento y del papel de las políticas sociales en la construcción de la equidad, afirmando su efectividad cuando se adaptan a las diferencias entre grupos sociales. Otros expertos coinciden en la preocupación por el estancamiento en la participación del sector más pobre, asociada a los niveles de educación, de de-sempleo y precariedad del empleo. Los sectores medios, por su parte, aumentan su participación en los ingresos. Los análisis de los centros que tienen una relación cotidiana con los pobres son más conscientes de su complejidad y heterogeneidad y de los factores de vulnerabilidad para caer en ella. En todo este debate sorprende la escasa atención a interpretar la pobreza de las mujeres
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      Argumentos para el Cambio sostiene que entender la pobreza de las mujeres exige enriquecer los conceptos, medirla desde otras perspectivas y diseñar las políticas y programas, teniendo en cuenta las diferencias sociales entre hombres y mujeres.


Sabía que...
Se ha creado en Mideplan un grupo técnico transversal para aportar a las metodologías de medición futura de la pobreza y el uso de la Casen en el diseño de políticas públicas.

Comprensión y medición de la pobreza

      La pobreza es un concepto relativo al desarrollo social y económico. A través de una historia de conflictos, confrontaciones y acuerdos entre actores con distintos intereses y poder, las sociedades van construyendo lo que entienden como pobreza, así como los niveles de desigualdad social que están dispuestas a soportar. Este debate abarca dimensiones éticas, políticas y sociales, así como una imagen de la sociedad que se aspira a construir.
      La forma más usada para medir la pobreza considera el ingreso percibido y construye una línea sobre la cual se ubican los no pobres y debajo de ella se traza otra que separa a los indigentes del resto de los pobres. Esta forma de medir oculta los distintos rostros y caminos que llevan a la pobreza. No obstante, cada vez hay mayor conciencia de que la pobreza no se reduce a escasez de ingresos sino que se asocia también a la carencia de otros recursos tales como tiempo, educación, redes sociales y posibilidad de incidir en los espacios políticos, todo lo cual afecta la confianza, la autonomía personal y la posibilidad y esperanza en la construcción del futuro. Por otra parte, hay relativo acuerdo en que la pobreza no se puede entender al margen de las relaciones sociales que establecen pobres y no pobres, de las políticas del Estado, de las formas en que una economía crece y de los mecanismos distributivos que existen en la sociedad.
      En este debate, las mujeres han jugado un importante papel. Las investigadoras feministas han mostrado los factores que hacen más vulnerables a las mujeres y dificultan el desarrollo de la valoración personal y autonomía económica. La división del trabajo que las responsabiliza del trabajo reproductivo y de cuidado las restringe en el acceso a oportunidades laborales y económicas, dando lugar a lo que se ha llamado “pobreza de tiempo”. Las tareas domésticas y de cuidado no sólo consumen una enorme cantidad de tiempo y energía sino que, al no ser suficientemente valoradas, compartidas y retribuidas colocan a las mujeres en una posición subordinada en las relaciones familiares y dependientes de otros para tomar decisiones.
      En el mercado de trabajo sufren distintos tipos de discriminación que impiden su movilidad y perfeccionamiento. Si bien las mujeres pobres son las que acceden a los trabajos más precarios, la segregación ocupacional y la discriminación están presentes en todos los sectores sociales, constituyéndose en obstáculos al progreso laboral y al acceso a cargos de decisión.
      Desde esta perspectiva se hacen evidentes las limitaciones de medir la pobreza sólo a partir del ingreso, sin considerar la división del trabajo social en sus aspectos productivos y reproductivos, la valoración, poder y reconocimiento cultural de las personas y colectividades, y las redes sociales con que cuentan, todo lo cual incide en las modalidades que asume la pobreza
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Sabía que...
Entre 2003 y 2006 el porcentaje de hombres en situación de pobreza bajó 5,3%, mientras que para las mujeres se redujo 4,7%.
El papel del estado en el combate de la pobreza

      Muchos economistas de derecha afirman que sólo el crecimiento es suficiente para salir de la pobreza, sin referirse al hecho que bajo determinadas condiciones estructurales el crecimiento aumenta la desigualdad y profundiza la exclusión. El Estado tiene la responsabilidad de atacar los factores estructurales que reproducen la pobreza y que tienen que ver con el acceso a la estimulación temprana, la educación, la salud, la vivienda, la infraestructura social y a algunos subsidios monetarios para completar el financiamiento del consumo básico.
      Desde el comienzo de la década de 1990 se han implementado programas de combate a la pobreza en todos los países de América Latina. Estos programas adquieren distintos significados de acuerdo a su ubicación institucional en el Estado y su relación con el resto de las políticas sociales: salud, educación, trabajo y vivienda, así como con las políticas económicas que se traducen en la generación de empleo y en el aumento de la productividad. Es decir, no son (o no deberían ser) programas aislados y su eficacia depende de la manera en que se articulan con el conjunto de las políticas públicas y de la sensibilidad social y cultural respecto a los niveles de igualdad que una sociedad debe asegurar.
      En todos estos programas son las mujeres las que reciben una transferencia monetaria a cambio de que los miembros de la familia asistan a las instituciones de educación, salud y otros servicios sociales. Esto se traduce en cambios en la dinámica familiar, una mayor carga de trabajo y en muchas ocasiones en un mayor descuido de las necesidades de las mujeres mismas en pro de un mayor bienestar para sus familias. De esta manera, los logros en equidad social no implican necesariamente una mayor equidad de género, en la medida en que este trabajo adicional es considerado como parte del trabajo que “naturalmente” deben hacer las mujeres.
      Los programas supuestamente dirigidos a la familia, aunque ejecutados por las mujeres, deben traspasar los umbrales del hogar, atender la dinámica familiar, asegurar la distribución de derechos, deberes y oportunidades así como también dar respuesta a las necesidades y problemas que enfrentan las mujeres pobres, tales como la violencia y la falta de respeto a sus derechos y salud reproductiva.
      Los testimonios de las mujeres involucradas en los programas son diferentes. La mayoría de ellas, mujeres pobres que viven recluidas en el espacio doméstico, aprecian la salida a un espacio social mayor, las redes que establecen con otras mujeres y el poder de negociación que desarrollan al interior de la familia. Pero, al mismo tiempo, dan cuenta del mayor trabajo que deben realizar y de la discriminación de que son objeto en los espacios públicos, así como también las menores posibilidades de ingreso al mercado laboral.


Sabía que...
El 19% de la población indígena está en situación
de pobreza.

¿Qué más queremos preguntarle a la CASEN?

  • ¿En qué medida, los trabajos de las mujeres pobres, aunque precarios, contribuyen a que sus familias salgan de la pobreza?
  • ¿Cuánto de los cambios experimentados en la participación en el ingreso de los sectores medios y en la movilidad social se deben al trabajo de las mujeres?
  • ¿Por qué la participación económica de las mujeres de los sectores indigentes no es suficiente para salir de la pobreza?
  • ¿Cuál es la cantidad de trabajo doméstico y de cuidado que las mujeres realizan?
  • ¿En qué medida el trabajo doméstico compensa situaciones de extrema pobreza?
  • Además: se requiere ampliar las formas de medición y estudio sistemático de la pobreza y analizar las causas más profundas de la desigualdad y su persistencia en Chile.


 

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Argumentos para el cambio     ISSN 0717-2346

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